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El país de la desigualdad

By Entre Comillas
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por Rodrigo de la Peña

Alejandro de Humoldt definió a México como el país de la desigualdad. El observador alemán, que tuvo una expedición por lo que entonces era la Nueva España, resaltó que la entonces colonia española tenía una riqueza de cantidades desmesuradas. Sin embargo, esta era controlada por pocas familias. Un par de décadas después, tras la independencia la gente se pensó libre debido a la constitución. No obstante, la igualdad legal no se reflejó en el ámbito socioeconómico. Mucho tiempo ha pasado desde aquellos años primeros, y mucho se ha dicho y hecho para intentar cerrar esta brecha entre una clase y otra; pero, la brecha se ha mantenido.  

El país ha afrontado, desde sus inicios, un problema: la desigualdad. Mucho se ha avanzado en la lucha contra ella. Pese a esto, el saco le ha quedado grande a los mandatarios. Ejemplos de desigualdad tenemos muchos: indígenas, afro-mexicanos, migrantes, mujeres y la clase baja son algunos de los ejemplos más controversiales y resaltados por los medios. Ahora bien, el problema ha sido relatado a través de muchas aristas. Por un lado, se ha considerado como un problema que surge en la época de la colonia, con el sistema de castas. Por otro, se ha pensado que surge de la concepción hetero patriarcal, machista, opresora, pigmentocrática que ha dominado la cúpula económica y política del país desde su origen. Otros análisis históricos han apuntado que tanto el resultado de la rebelión del 16 de septiembre, como el resultado final de la independencia demuestra que las élites en México siempre han utilizado a su conveniencia la participación popular en los conflictos. Sin embargo, las mismas élites han suprimido al músculo revolucionario una vez cumplido el objetivo. 

La supresión violenta, sistémica y descarada que se ha llevado a cabo en el país nos ha conducido a un deseo de igualdad por encima de cualquier otro valor fundamental. A su vez, también, ha llevado al país a aceptar un discurso de odio.  El resentimiento que tienen las minorías es válido, justificado y preocupante. Pese a todo lo aquí explicado, pareciera ser que la realidad aquí expuesta difiere, en su mayoría, con la realidad de la cúpula política, que hoy gobierna nuestra nación. A inicios del sexenio, el presidente Andrés Manuel López Obrador, prometió rescatar la visión indígena de México. A su vez, defendió una visión de igualdad entre hombres y mujeres,  y finalmente, se comprometió a poner primero a los pobres. 

Durante su gestión ha dejado mucho que desear en cuanto a las brechas de desigualdad. Incluso, ha logrado polarizar a la población, terminando de fragmentar a la ya desquebrajada sociedad mexicana. El mandatario ha dividido a la sociedad entre “fifis”  y “chairos”, entre “pueblo bueno” y “malo”, entre empresarios buenos y empresarios corruptos. Todas estas divisiones han terminado en una simple falacia: si no estás con él, estás en su contra. Dicha separación permite que crezca el odio y la desigualdad, además crea un terreno nutritivo para la siembra de intolerancia y la violencia. Pero, dicha situación, al presidente poco le importa. 

Durante su sexenio ha demostrado ser un hombre que manda por capricho, que exige por poder y que fuerza con violencia. Su último capricho ha sido el de poner a un presunto violador en la contienda por Guerrero. Félix Salgado Macedonio ha sido defendido de forma personal  por el jefe del Estado mexicano. El mandatario ha llegado al punto de desmentir que exista una justificación válida de la lucha feminista en México, pues de acuerdo con él, aquel movimiento es “importado”. Pese a esto hemos visto que mujeres de su propio gobierno han comunicado haber sido víctimas de discriminación por el simple hecho de ser mujeres, colectivos enteros han sido tratados como criminales por exigir algo que debería ser garantizado: la igualdad. 

El mandatario ha señalado tener la ambición legítima de ser el mejor presidente de México; pero es difícil creer que esto suceda mientras se mantenga gobernando en favor de algunos y en perjuicio de muchos. Como mencionó el propio mandatario: “ya chole”; pero “ya chole” con gobernar solo para los buenos, es momento de gobernar para todos, sin importar de qué bando somos, de qué color portamos o de qué pie cojeamos.  Es de reconocer que sabe leer la situación, que entiende dónde localizar la debilidad. No obstante, es momento de dar un paso más, es hora de actuar  y solucionar los problemas; señor presidente roma el pacto.

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