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El tirano del palacio

By Entre Comillas
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por Rodrigo de la Peña

Hace algunos años, un carismático hombrecillo había sido seleccionado por su comunidad para dirigir. Esta comunidad se constituía en forma de país, y designaba a sus líderes por medio del voto. El hombrecillo, un conocedor de las campañas electorales, debido a que había contendido en tres campañas presidenciales y algunas otras para puestos menores, por fin llegaba a lograr su sueño: la presidencia. Este había deseado tanto ser presidente, que incluso, en una de sus contiendas fallidas, (tras un ataque de celos y locura) se autoproclamó presidente. Pero esta vez todo era distinto; ahora sí había logrado su cometido. 

Sin embargo, al poco tiempo de haber tomado control de las riendas, el hombrecillo empezó a perder el piso. Se enajenó de la realidad y en su palacio se aisló. Todas las mañanas, el enajenado presidente daba una conferencia de prensa, y en ella atacaba contra aquellos que intentarán criticarle. “-¡Blasfemos, mentirosos, traidores!”, exclamaba el ahora mandatario. Sus opositores se habían convertido en enemigos del pueblo, porque él se había convertido en la encarnación del pueblo. Así, mientras más críticos se veían en la necesidad de huir de los linchamientos de los campesinos (permitidos por el gobernante), los pocos contrapesos empezaron a desaparecer. Primero fueron los artesanos y trabajadores privados, ya que recibieron puras negativas por parte del dirigente. “Son corruptos, abusivos, clasistas y protectores del libre mercado’’, exclamaba el presidente. Después, fueron los jueces, amenazados y hostigados por el poder del jefe del ejecutivo. Siguiendo a los jueces, fue el contador de votos y los órganos que trabajaban para el país por separado del poder ejecutivo central. Finalmente, los representantes del pueblo ante el gobierno decidieron darle todo el poder al hombrecillo que alguna vez aspiró a ser presidente. Aquel día, el ahora único líder de todos los poderes y controles del gobierno organizó un banquete en su palacio. Por fin sería el día en que la gente lo viera después de tantos años aislado. Sus ahora súbditos iban de todas partes del país a verle, y dentro de las preguntas que se hacían sonaba una  más que las demás: “¿qué pasará con las elecciones?”, gritaba el pueblo entero. El hombre de la banda presidencial, en su aire de superioridad moral dijo: “las tendremos, como siempre ha sido”. Sin embargo, ante la falta de un contrapeso, como el contador y árbitro presidencial de elecciones, la contienda se llevó bajo observación directa del hombrecillo, y el resultado fue aquel que dictó el mismo hombrecillo. Este país decayó en la penumbra y en el dolor. Los que una vez gritaron junto al hombrecillo por los derechos y libertades, ahora se veían oprimidos y presionados, pues a falta de organismos e instituciones todo lo decidida el dedito del presidente. El tiempo pasó y el pueblo se olvidó, el hombrecillo murió y su pueblo, su “legado” y su mandato en el aire quedó. 

La historia anteriormente planteada y escrita por su servidor,  es una ilusión a una fantasía, que espero, nunca suceda. Ahora bien, la fantasía anteriormente planteada toma inspiración en acontecimientos recientes que causan cuando menos polémica y en muchos casos, el mío en particular, miedo. La semana pasada vimos al Instituto Nacional Electoral (INE) sostener la suspensión definitiva de la candidatura de Félix Salgado Macedonio. El INE, tras una segunda discusión, sostuvo la resolución que previamente había establecido. Sin embargo, esta resolución se volvió digna de reconocimientos, de aplausos y laureles por la triste y deplorable actuación de los actores políticos de nuestro país. Por un lado, el hombre implicado en la resolución, Salgado Macedonio, decidió efectuar su derecho a la manifestación. Sin embargo, en su manifestación amenazó de forma pública a los consejeros encargados de resolver su situación. Amago contra ellos insinuando que, de no permitirlo participar en la contienda electoral, él y sus partidarios los buscarían en sus residencias para encararlos. 

Si bien está situación ya es lo suficientemente grave por sí sola, adjuntarla a los comentarios efectuados por miembros de partidos afines, como el diputado Noroña, nos muestran el diluvio político que atormenta a México. Primero, crear un discurso dónde se culpe a la clase más acomodada del país por los daños de toda la nación, atentar contra proyectos privados y reiterarles que ellos son “los malos del cuento” nos demuestran que ellos no quieren trabajar por construir un país, sino más bien quieren vengarse del privilegio que los ricos tuvieron. Después, surgen los comentarios atentando contra un órgano de vital importancia para legitimar y consolidar la democracia: el INE. El presidente acusó de partidista al órgano diciendo que este privilegiaba al grupo opositor.  Este tipo de discurso genera dos acciones: por un lado, rompe la lógica acerca de quién podría hacer trampa en una elección al suponer que una oposición que carece de fuerza puede amañar a un órgano de importancia como lo es el INE. Por otro lado, este discurso que ataca y divide genera un descontento irracional contra un grupo que, independientemente de su ocupación, ya sea en el medio privado o como funcionario público, deban de sentir miedo y desprotección por poseer más o tener ciertos lujos, que en su mayoría provienen de un trabajo honesto, a diferencia de lo que pinta el presidente. El amenazar con enseñar las casas de los consejeros, proponer una tasa impositiva para las fortunas del país evidentemente incitan el  miedo y el extremismo de ambos bandos. 

Finalmente, el último problema a las acciones del presidente, es su intento de mandar a través de una presentación pública. El presidente, al olvidar que del dicho al hecho hay un estrecho, ha tratado de gobernar desde su mañanera. Ha buscado concentrar el poder y ha amenazado con eliminar a aquellos que le impidan centralizar todo el poder. Esta acción  ha derivado en que él se vuelva la cabeza de su partido, MORENA, la cabeza del pueblo y la cabeza del gobierno (en sus tres ramas, ejecutivo, legislativo y judicial), acto que ha tirado muchos de los peldaños construidos en favor de la democracia mexicana. Es, en mi opinión, por estos actos, que cuando la gente dice tener miedo, no es irracional, es algo válido. El presidente ha demostrado no tener intención de respetar ley escrita, a sus ojos si algo no va con él, entonces hay que tumbarlo o cambiarlo, y así la defensa a Macedonio se demuestra, una vez más, como aquel gran genio de campaña política, que carece de estrategia para conciliar y unir a una nación que ya está harta de la política. 

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