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Israel a la cabeza, ¿y México?

By Entre Comillas
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por Xavier Fregoso Noble

En enero, el Gobierno de México presentó en redes sociales una tabla en la que posicionó a México en lugar 13 de vacunación mundial. Ese dato era correcto, pero escondía algo detrás. Como en todos los análisis descriptivos es importante recalcar la diferencia entre número de vacunas y tasa de vacunación. Con la cantidad de vacunas que México había otorgado en ese momento alcanzó una respetable posición. No obstante, cuando revisamos el porcentaje de la población vacunada observamos que México se encontraba en el último lugar de la tabla.

    Por su parte, Israel encabeza la tasa de vacunación en el mundo. Sorprendentemente, se espera que el Estado del Medio Oriente termine de vacunar a su población este mismo mes. Pero, ¿a qué se debe este ritmo voraz de vacunación? La respuesta se encuentra en la anticipación. Desde el inicio de la pandemia, Israel comenzó a realizar negociaciones con la farmacéutica Pfizer para el envío, en su momento, de vacunas contra COVID-19. La situación fue tomada en serio desde el inicio y se tomó la acción necesaria. Además, es necesario comprender que esa prevención llevó a otros resultados que garantizarían más tarde crear protocolos eficientes y veloces de vacunación en todo el país. 

    Si realizamos una comparación, los escenarios son muy distintos. En México, la tasa de mortalidad por COVID-19 es de alrededor del 8% mientras que en Israel gira en torno al 0.7%, resultando una diferencia abismal entre las dos naciones. Al igual que la capacidad para dar respuesta de los gobiernos, la pandemia dejó al desnudo la fortaleza o debilidad de todos los sistemas de salud en el mundo. Mostró su habilidad frente a las crisis, su potencial para expandirse, o bien, la rapidez para abastecer a su población de vacunas. 

    En el caso israelí, las acciones han sido determinantes para los buenos resultados: apoyos económicos durante el confinamiento, persistente uso del cubrebocas, distanciamiento social y preparación del sistema de salud para expandirse. Sin embargo, la omisión ha sido culpable de pésimas consecuencias. En México, la falta de reconocimiento de una situación de gravedad, la falta de una postura clara respecto al uso del cubrebocas por parte del subsecretario López Gatell, el pésimo ejemplo del presidente López Obrador, la negligencia de apoyar a las y los trabajadores informales para asegurar un confinamiento efectivo o la precariedad del sistema de salud han terminado en la peor de las consecuencias para más de 170 mil mexicanas y mexicanos.

    La COVID-19 dejó, también, en evidencia la eficiencia en vacunación de los sistemas de salud y la negligencia por buscar mejorarlos. La vacunación exhibe de manera clara el problema: la vacunación del personal de salud en México lleva únicamente un 14% de avance con 85,332 esquemas completos (hay que recordar que muchas vacunas requieren de dos dosis para contar con protección arriba del 90%). Es de recordar que cuando se presentó en la Política Nacional de Vacunación se planteó que en febrero sería concluido este proceso para la primera línea de batalla contra el COVID-19 y así poder comenzar con los adultos mayores. 

    Cada uno de los gobiernos del mundo tienen al frente, posiblemente, el mayor reto de salud de la historia: vacunar a toda su población. México, con más de 126 millones de habitantes, debe reconocer que la complejidad es mayúscula para alcanzar el objetivo. Israel sin duda está a la cabeza en esta carrera, pero también lo persiguen muchos otros países del mundo. Entre los (varios) que se quedan muy atrás está México, que debe replantear la estrategia de compra y de aplicación de las dosis, o se estará condenando a un largo camino de confinamiento, enfermedad y muerte.    

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