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“China y los Uigures: El genocidio silencioso”.

By Entre Comillas
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por Estefanía González

Mulán es una joven que, al darse cuenta que la salud de su padre es demasiado frágil como para formar parte del ejército chino e ir a la guerra contra los hunos, decide disfrazarse de hombre y ser ella la que toma su puesto. Todos conocemos esta famosa historia de Disney, la cual todavía hoy sigue inspirando y emocionando en todo el mundo. Tanto, que la productora ha apostado por un remake en vivo de la afamada película de animación de 1998. El estreno de la misma se ha hecho a través de la plataforma  Diney+, con un costo adicional de $30 en EE.UU. Sin embargo, no ha sido el precio o la calidad de la producción lo que ha llamado la atención al público.

La actriz protagonista, Liu Yifei, se ha declarado abiertamente a favor de la policía durante las protestas antigubernamentales y pro-derechos humanos que tuvieron lugar el año pasado en la ciudad de Hong Kong, a través de una popular página web china: Weibo. Por si eso fuera poco, el filme ha sido parcialmente grabado en la región de Xinjiang y en los créditos se dan las gracias a instituciones gubernamentales de la zona. ¿Pero por qué han indignado tanto estos hechos?

Xinjiang, ubicado en el noroeste de la República Popular China, es la subdivisión política más grande del país, y su nombre oficial es “Región Autónoma Uigur de Xinjiang”. La clave está en “Uigur”, el nombre que designa a la etnia musulmana mayoritaria de la provincia, aunque minoritaria en China. Se estima que alrededor de 10 millones de uigures viven allí, y para la mayor parte de ellos, su lengua materna no es el chino mandarín, sino el turco. Pese a poseer una dimensión comparable a cinco veces Alemania y tener grandes fuentes de materias primas como petróleo y gas, la riqueza de la zona no se ha invertido en ella, sino que en gran parte ha acabado en manos de la etnia Han, dominante en todo el país. Esto ha provocado disputas y tensiones entre ambos grupos desde la llegada del comunismo, aunque es desde hace dos décadas que el gobierno ha empezado a someter, cada día más, a la población.

Además de utilizar métodos como cámaras de reconocimiento facial en las calles y aplicaciones de rastreo en los teléfonos, en abril de 2018, una foto satélite de Google Earth llamó la atención internacional mostrando recintos de nueva construcción en el desierto, a una hora en coche de la capital de la región, Urumqi. Tan solo medio año después, en octubre, imágenes de la base de datos de la Agencia Europea Espacial muestran, en el mismo sitio, un recinto el doble de grande, con muros y 16 torres de vigilancia.

Este tipo de instalaciones empezaron a aparecer cada vez con más frecuencia, y según el arquitecto Raphael Sperry, están diseñadas para abarcar a la mayor cantidad de gente en el menor espacio posible, y de las 101 que se conocen, 44 son consideradas de alta o muy alta seguridad. También hay constancia de que antiguos edificios, tales como colegios o incluso hospitales, han sido rehabilitados del mismo modo, y con los mismos objetivos.  

“Escuelas vocacionales” con el objetivo de “combatir el terrorismo y el extremismo religioso”. Así es como denomina el gobierno chino estos centros de reeducación forzosa para la minoría Uigur. Respaldándose en mantener la seguridad debido a informes de personas pertenecientes a esta etnia que decidieron emigrar a Siria para unirse a milicias extremistas, cientos de miles de personas están siendo detenidas sin cargos, sin juicio, y sin ningún tipo de garantía jurídica.

Prohibición de llevar velo o barba largas, prohibición de ir a las mezquitas y ayunar en Ramadán, incluso prohibición de nombres que “suenen islámicos”; estas son algunas de las medidas que se han implantado no sólo en los campos, si no en toda la región. El gobierno incluso ha redactado un decreto que obliga a los uigures a entregar sus pasaportes a las autoridades, lo que les imposibilita viajar o salir del país.

Debido a las fuertes medidas mencionadas y que los periodistas son perseguidos y disuadidos de investigar e incluso de hablar con residentes, es extremadamente difícil determinar qué está pasando realmente dentro de estos campos de internamiento. En los últimos 2 años, no hay ninguna evidencia de nadie siendo liberado de ninguno de ellos.

Qelbium Sedik es una de las pocas personas que ha vivido para contarlo. Profesora de mandarín durante más de 28 años, un día, en febrero de 2017, las autoridades de la región la contrataron para dar clase de chino en uno de los campos, obligándola a firmar un acuerdo de confidencialidad. Según su testimonio, los “internos” estaban hacinados en celdas sin lavabos, apenas tenían acceso a luz solar y sólo se les permitía ducharse una vez al mes. Al principio, tenía que enseñar mandarín a uigures de clase baja, que no hablaban el idioma. Pero más tarde, sus alumnos eran intelectuales y empresarios bilingües, de clase media y alta. El único objetivo era enseñarles canciones comunistas y el himno nacional, explica.

Y eso no es todo, según cuentan ocho supervivientes entrevistados por el periódico inglés BBC, los campos eran auténticos centros de tortura. Descargas eléctricas, palizas, comidas insuficientes e inyecciones desconocidas eran la rutina de cada día, a los que se sumaba el trabajo esclavo al que eran sometidos. Y en las partes dedicadas exclusivamente a mujeres, la brutalidad aumentaba. Violaciones en grupo cada día, prohibición de visitar a hijos e implantación a la fuerza de un DIU (de los 18 a los 59 años), acompañado de la ingesta diaria de anticonceptivos camuflados en las comidas.

En septiembre de 2019, Sedik consiguió permiso para salir de China por cuestiones médicas, y desde entonces vive exiliada en Europa, donde gracias a la comprensión y la ayuda de instituciones como la Organización de los Derechos Humanos Uigur en los Países Bajos, ha sido capaz de contar su historia y dar a conocer esta situación en todo el mundo. Pero solo es una de los cientos de miles que sobreviven en esas condiciones.  

La intención del gobierno chino con estos campos no es ayudarles a ser mejores personas. No es educarles. Es oprimirles, arrebatarles su identidad. Ahora bien, ¿es Hollywood cómplice al permitir que se rueden películas en Xinjiang? ¿Es la comunidad internacional cómplice al silenciar una de las mayores crisis de derechos humanos de la actualidad?

Goh, B. (8 de septiembre de 2020). Disney’s «Mulan» sparks backlash over ties to Xianjiang, Hong Kong. Obtenido de Reuters: https://www.reuters.com/article/idUSKBN25Z1PN

Ingram, R. (17 de agosto de 2020). Confessions of a Xinjiang camp teacher. Obtenido de The Diplomat: https://thediplomat.com/2020/08/confessions-of-a-xinjiang-camp-teacher/

Sudworth, J. (24 de octubre de 2018). China’s hidden camps. What’s happened to the vanished Uighurs of Xinjiang? Obtenido de BBC News: https://www.bbc.co.uk/news/resources/idt-sh/China_hidden_camps

V.X. Xu, D. C. (1 de marzo de 2020). Uyghurs for sale. Obtenido de Australian Strategic Policy institute: https://www.aspi.org.au/report/uyghurs-sale

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