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El Salado: Memoria y paz, 21 años después

By Entre Comillas
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Presentado por Keren Natalia Morales Triana

Miembro del semillero AGERE de la Universidad del Rosario de Colombia

El pasado 20 de enero, un panfleto se encontraba en las calles del corregimiento El Salado, ubicado en el municipio del Carmen de Bolívar, del departamento de Bolívar, en Colombia. En una sentencia de muerte, declarada a 11 personas y sus familias por un grupo narco-paramilitar denominado Águilas Negras, se leía el siguiente texto:

“SENTENCIA DE MUERTE A TODOS LOS LÍDERES SOCIALES, LADRONES, DROGADICTOS, EXPENDEDORES DE DROGA DE ESTA COMUNIDAD, ESTAMOS PRESENTES EN LA COMUNIDAD Y ESTA ES NUESTRA SEGUNDA ADVERTENCIA PARA QUE ABANDONEN EL SALADO BOLÍVAR O EL PLOMO IRA POR USTEDES. 

ESTAMOS PARA LIMPIAR LA COMUNIDAD DE ESTA PLAGA DE GENTE. PORQUE YA LLEGARON HASTA NUESTRAS MANOS SUS CARAS PARTIDAS DE HP. LAS PERSONAS QUE APAREZCAN EN ESTA LISTA Y SUS FOTOGRAFÍAS O NOMBRES ESTÉN AQUÍ SE VAN O VAMOS POR USTEDES EN CUALQUIER MOMENTO ESTAS ADVERTIDOS”  (Colombia informa, 2021).

El Salado es un pequeño pueblo no muy conocido en otros lugares del mundo, pero que resulta ser, en la historia de Colombia, fundamental para entender porqué el conflicto armado colombiano ha durado tanto tiempo, y cómo siendo el año 2021, siguen apareciendo este tipo de amenazas que parecen sacadas de las películas de terror. 

Es aquí, cuando recordar lo sucedido entre el 16 y el 22 de febrero del año 2000, en ese mismo corregimiento, resulta de vital importancia no solo para entender por qué lo ocurrido puso en el mapa de la historia colombiana a este pequeño corregimiento, sino además porque a puertas de cumplirse 21 años desde lo sucedido, siguen apareciendo en las paredes de las casas de El Salado amenazas y panfletos de intimidación en contra de sus habitantes. 

Durante la semana del 16 al 22 de febrero del 2000, un grupo paramilitar asesinó a más de 60 personas: todos habitantes del corregimiento El Salado y sus alrededores, bajo la excusa de que estas personas pertenecían al grupo guerrillero FARC-EP o que habían colaborado con este. Los hechos incluyeron asesinatos durante recorridos que realizó el grupo paramilitar por las carreteras de acceso a tres corregimientos: Canutalito, La Sierra y El Salado. Las víctimas de esta masacre se dedicaban principalmente a la agricultura y se encontraban en una zona roja por la alta presencia no solo de grupos paramilitares, sino también de grupos guerrilleros perteneciente a las FARC-EP, por lo que constantemente se veían amenazados y obligados a prestar ayuda al grupo que estuviese recorriendo la zona e intimidándolos como parte de un reclamo del territorio que habitaban. 

Esta masacre, se enmarca en uno de los períodos más violentos del país, entre los años de 1985 y 2012, período en el cual se cometieron más 1.982 masacres en el territorio colombiano a manos de grupos guerrilleros y paramilitares. La masacre de El Salado fue nombrada por crónicas periodísticas como “fiesta de sangre” o “danza de muerte paramilitar”.  El Centro de Memoria Histórica calificó como el espectáculo del terror a este acontecimiento:

 “Lo que el victimario busca es cambiar el significado del acto y el espacio público vinculado con aquella; pero no sólo eso: la elección del espacio público es deliberada porque con ello se busca destruirlo, estallarlo e inutilizarlo, borrar su historicidad y agotar la representación de lo público en el horror (CNMH, 2009).

Esta masacre no solo fue violenta, sino que la forma en la que el pueblo fue saqueado al ritmo de la música. Tampoco se debe olvidar cómo es que las personas fueron asesinadas, a sorteo, en medio de los lugares de reunión principales de la comunidad, en los que se desarrollaban ritos religiosos, reuniones políticas, fiestas y celebraciones, siendo este el resultado de la búsqueda por parte de los victimarios de enviar un mensaje: 

El recurso de la música y la algarabía, asociado por los victimarios a sus atrocidades, aunque puede no haber sido planeado, no es arbitrario, pues canaliza mensajes hacia la comunidad y también hacia sus enemigos. La irrupción en el territorio y el sometimiento de la población constituyen un triunfo sobre el adversario, y la música lo proclama con ese sentido de fiesta y de vulneración del orden del enemigo.”. (CNMH, 2009).

Luego de este episodio de violencia tan cruel e injusto, un año después, algunos habitantes de este corregimiento decidieron retornar a su tierra, y con el paso de los años, junto a diferentes organizaciones, muchos más retornaron a El Salado y convirtieron el parque principal en un camposanto, como símbolo de no olvidar a quienes les fue arrebatada la vida al ritmo de música, por parte de sus victimarios, como si hubiese una razón para festejar. Es este acto por parte de los sobrevivientes de esta masacre hacia las víctimas, sus familias y la tierra misma, es la clave para entender por qué hoy, casi 21 años después, parece que la historia se repite. 

La búsqueda de justicia por parte de las víctimas de hechos como lo ocurrido en El Salado pudo terminar convirtiéndose en un remolino de sentimientos de venganza, rencor y odio, lo que reforzaría los ciclos de violencia ocurridos y que reunirían a una comunidad en torno a este deseo insaciable de hacer justicia, y no de buscar un camino hacia la paz. Sin embargo, los habitantes de El Salado decidieron encontrar la forma de no olvidar como símbolo de perdón y esperanza, tal como aparece citado en la página principal del Centro Nacional de Memoria Histórica: 

En otras palabras, la memoria abre camino, pues la idea de propiciar la narración para sustituir la venganza representa una esperanza y también la fuerza de la memoria histórica. Abre camino para la reparación, para una justicia social plena, que incluye la dimensión penal pero incluso va más allá, y para la esperanza de consolidar un país democrático. En palabras de una víctima a quien le asesinaron a su padre: ‘queremos una memoria para que todos quepamos en este país” (CNMH, 2018).

Es decir, que el ejercicio de recordar lo sucedido, dar voz a las víctimas y entretejer los hechos ocurridos a cada víctima y a cada familia, da pie para la construcción del perdón, la búsqueda de la no repetición y de nuevas oportunidades para todas familias colombianas inocentes, víctimas de esta masacre y de otros delitos atroces.        

El testimonio recopilado por el Centro Nacional de Memoria Histórica de un habitante del municipio de Trujillo, en el Departamento de Valle del Cauca, otra de las zonas del país más afectada por el conflicto armado, refleja la necesidad que tienen las víctimas y la tierra de sanar: 

Si no se habla, si no se escribe y no se cuenta, se olvida y poco a poco se va tapando bajo el miedo. La gente que vio el muerto se va olvidando y tiene miedo de hablar, así que llevamos un oscurantismo de años en el que nadie habla de eso […] Como nadie habla de lo que pasó, nada ha pasado. Entonces bien, si nada ha pasado, pues sigamos viviendo como si nada” (CNMH, 2013).

Aún a pesar de los distintos informes, exposiciones y reportajes que se han realizado con el objetivo de reconstruir y recordar lo sucedido a las víctimas, con el objetivo de ubicarlas en el centro de la historia, y de contribuir a que el proceso de perdonar y no olvidar se convierta en un ejercicio colectivo para las víctimas y para el país, este esfuerzo no ha logrado penetrar en el tejido social colombiano tan a fondo y ha generado que las masacres, las muertes y los delitos atroces se conviertan en el pan de cada día de los noticieros colombianos. 

Por esa razón, casi 21 años después, El Salado vuelve a sonar en las noticias del día y asimismo vuelve a ser olvidado entre esos otros cientos de malas noticias a las que nos acostumbramos. Permitimos que la historia se repitiera tantas veces y se hablara de lo mismo por tanto tiempo, que la vida y la paz dejó de ser una prioridad para nuestra sociedad. Es entonces cuando es tan importante preguntarnos: ¿qué debemos hacer para que El Salado y el resto de los corregimientos, municipios, ciudades y departamentos de Colombia dejen de sonar en los noticieros, como blanco de algún grupo armado ilegal, y puedan ser nombrados y conocidos por su gente y su cultura? 

Las respuestas son muchas. La necesidad de transformar diferentes aspectos del país como el político, económico y social son sin duda fundamentales para avanzar hacia un país más justo, menos violento y seguro. Sin embargo, recogiendo lo narrado durante este artículo, una de las principales respuestas a esta pregunta es la memoria, como símbolo y punto de partida para la verdad, el perdón y la no repetición. Como país, hemos avanzado hacia ese camino de recordar lo sucedido a las víctimas, a través de instituciones, procesos de paz y desmovilización de grupos armados, y de diferentes formas de representación de lo sucedido mediante el arte y la cultura. No obstante, el camino apenas empieza.  

Situar la historia del país en lo sucedido desde la perspectiva de las víctimas, abrir más espacios para reconstruir, preguntar y dialogar son el punto de partida. La necesidad de insertar los procesos de memoria en la sociedad colombiana, en los ciudadanos de a pie, en las familias típicas colombianas de las diferentes zonas del país, es el paso fundamental que necesitamos dar. El uso de herramientas como el arte, la cultura, la tecnología y principalmente la educación, en todos los niveles y tejidos sociales, es necesario para colectivizar la cultura de no repetición. No estamos dispuestos a permitir que se repita lo sucedido, no vamos a permitir como sociedad, que una vida más sea quitada en nuestro país, porque cada vida son nuestros padres, nuestros hermanos, nuestros hijos, nuestros vecinos. Poner a cada colombiano en el papel de las víctimas y apropiarlo de la historia del país, de su país, con el fin de no perder la capacidad de asombro, es decir, de no normalizar la pérdida de vidas en el país sino sentir la sangre perdida y la ausencia de las víctimas como propia. 

Lograr esta apropiación histórica en cada colombiano es de vital importancia para que noticias como la de El Salado, y los panfletos que aparecieron pegados en las calles la mañana del pasado miércoles 20 de enero, casi 21 años después de una masacre atroz y violenta, sea tan rechazado y repudiado por los colombianos como si fuese propio. Transformar nuestra cultura es una herramienta fundamental para abrir un camino hacia la paz, la verdad, la justicia, la reparación y la no repetición. 

Editora Cauca. (2021). El Salado vuelve a ser blanco del paramilitarismo. 25 de enero del 2021, de Colombia INFORMA Sitio web: https://www.colombiainforma.info/el-salado-vuelve-a-ser-blanco-del-paramilitarismo/

Miembros del Grupo de Memoria Histórica. Andrés Fernando Suárez, Tatiana Rincón. (2009). 1.3 El Terror. En LA MASACRE DE EL SALADO: ESA GUERRA NO ERA NUESTRA (61-63). Colombia: Centro Nacional de Memoria Histórica.

Miembros del Grupo de Memoria Histórica. Andrés Fernando Suárez, Tatiana Rincón. (2009). 1.3 El Terror. En LA MASACRE DE EL SALADO: ESA GUERRA NO ERA NUESTRA (61-63). Colombia: Centro Nacional de Memoria Histórica.

CENTRO NACIONAL DE MEMORIA HISTÓRICA. (2018). La memoria nos abre el camino. 26 de enero del 2021, de Centro Nacional de Memoria Histórica Sitio web: http://www.centrodememoriahistorica.gov.co/micrositios/balances-jep/memoria-camino.html

Centro Nacional de Memoria Histórica. (2013). ¡BASTA YA! Colombia: Memorias de guerra y dignidad. Bogotá, Colombia: Centro Nacional de Memoria Histórica.

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